Paz interior es paz mundial

El 21 de septiembre fue el Día Mundial de la Paz. Este es un día dedicado a la paz mundial y, específicamente, a la ausencia de guerra y violencia. El concepto de paz en mi vida siempre ha estado muy ligado a mi corazón. Como embajadora internacional de la paz y galardonada con el Premio Público de la Paz en el año 2015, traer la paz al mundo se ha convertido en la misión más importante en mi vida.

Por supuesto, la idea de paz es la que justamente obsesiona al mundo de hoy en día. ¿Cómo no iba a hacerlo? Dados los acontecimientos actuales, ¿cómo no creer que el esfuerzo por lograr la paz es una batalla perdida? Es casi imposible apuntar con tu dedo sobre el mapa y no encontrar un desacuerdo. Por todos lados hay puntos de vista en conflicto y opiniones y creencias encontradas. Hay tantos rencores antiguos y viejas memorias que se reproducen en la mente que la historia parece estar condenada a repetirse una y otra vez.

No es de extrañar que en todos los lugares a los que viajo, me hagan la misma pregunta: “¿La paz es posible, Mabel?”.

Yo siempre respondo de la misma manera. Digo que la paz no pertenece a los políticos, ni a los reyes y reinas, ni a los ricos y poderosos. La paz no vendrá de Siria, Afganistán, Rusia, Estados Unidos, Israel o Palestina. “La verdadera paz viene de adentro. Y nunca conoceremos la verdadera paz en el mundo hasta que no descubramos esto por nosotros mismos.”. Creo esto desde lo más profundo de mi ser. Por eso el lema Paz Interior ES Paz Mundial se ha convertido en el mantra de mi vida.

Y todo comienza con una persona.


Hace unos años, la primera vez que fui a dar un seminario de Ho’oponopono a Chile, tuve una experiencia muy importante. La formación duraba todo el sábado y medio día del domingo. En el primer descanso del sábado por la mañana, un muchacho palestino se me acercó y me dijo que no estaba de acuerdo con nada de lo que yo acababa de compartir. También me dijo que en realidad, había venido a la clase de mala gana porque, cuando había visto mi apellido judío había pensado: “¿Qué tiene ella para enseñarme a mí?”. Continuó diciéndome todo lo que él creía y, cuando finalizó, para su sorpresa, le dije que estaba de acuerdo con todo lo que me había dicho.

Le pregunté si estaría dispuesto a estar abierto y flexible con lo que yo ofrecía, ya que pensaba que estábamos hablando de lo mismo, pero quizá lo llamábamos con nombres diferentes. Finalmente él aceptó y decidió quedarse.

Resultó ser que aquel caballero no solo se quedó el día entero, sino que volvió a la mañana siguiente para compartir con la clase una historia apasionante sobre un serio problema que había tenido con la policía, justo la noche anterior. Contó que, durante el incidente, había utilizado una de las herramientas de Ho’oponopono que yo le había dado el sábado y había obtenido resultados increíbles. El hombre quedó asombrado al ver cómo se habían resuelto las cosas de manera milagrosa. Al finalizar la clase, me dio un gran abrazo y exclamó: “¡Esto es la paz en Oriente Medio!”.

No existen palabras que describan cuánto me llegó aquello. Con una simple frase, aquel hombre resumió mi creencia de que la paz comienza dentro de uno mismo. Él me abrió su corazón, a pesar de mi etnia, y solo vio la verdad, tomándola y aplicándola a su propia vida.

Así es como funciona la paz. A menudo, pensamos que la paz es obligar a los demás a creer lo que nosotros creemos. Pero no hay nada más alejado de la verdad. La paz verdadera y duradera viene cuando dejamos de intentar convencer a los demás de nuestro punto de vista. En ese momento, volvemos a cero, al instante en el que todo el mundo obtiene lo que es correcto para cada uno. En ese momento, la paz se revela para todos.

Por eso esta historia es tan importante. Nos muestra que, cuando aceptamos otros puntos de vista, atraemos la paz. Los demás no cambian cuando tenemos la necesidad de tener razón o de decir la última palabra; de hecho, en estos casos ocurre exactamente lo contrario: nos polarizamos y acabamos enemistados.

No estoy diciendo que sea fácil mantenerse en equilibrio durante un diálogo en el que hay una tensión latente. Cuando el hombre de la historia me estaba hablando, mi intelecto quería empujarme hacia una actitud totalmente contraria. Si me hubiese dejado llevar por el intelecto, le habría devuelto el dinero y le habría dicho que se fuera. Pero decidí soltar y no dejarme controlar por mis opiniones y juicios. Y como no permití que la cháchara del ego determinase mi reacción, pude estar realmente en paz y escucharlo. Fui paciente, y así fue como pude darme cuenta de que estábamos hablando de lo mismo, pero llamándolo nombres diferentes. Pude escuchar activamente, lo cual es estar tan atento al otro que empatizas con él, de modo que comprendes sus motivaciones. Partiendo desde ese lugar, es mucho más probable que la respuesta que ofrezcas no alimente las tensiones, sino que las disipe.

Esta verdad es muy importante. Si queremos paz en el mundo, es esencial empezar por aceptar a los demás. Para ello, tengo que darme cuenta de que el otro no ve lo mismo que veo yo. Y para poder hacerlo, debo permitirme ser yo mismo, aceptarme y darme prioridad, lo cual me permite justamente aceptar las diferencias con los demás. La raíz de la falta de respeto por los demás es la falta de respeto por uno mismo. Si uno no se respeta a sí mismo, siente la necesidad de defenderse, pues cree que está siendo atacado. De ahí la obsesión de tener razón, el no escucharnos, el querer que el otro vea y sienta lo mismo que uno. Si trasladamos esta verdad a una escala mayor, vemos que este es, justamente, el origen de las guerras.


Cuando voy a Israel, puedo decirle al público lo que le digo porque soy judía. De otro modo, no podría hacerlo. Lo tomarían en forma personal y se ofenderían. Y ¿qué es lo que les digo? Les digo que, si no vamos a perdonar, si vamos a seguir pensando que es el otro el que tiene que cambiar, que nosotros somos las víctimas, jamás acabaremos con ese conflicto tan largo entre israelíes y palestinos. Alguien tiene que decir: “Perdón por aquello que hay en mí que atrae este odio.” Obviamente, este “algo” que atrae el odio son las memorias. Esas memorias nos dicen que es el otro quien tiene la culpa y tiene que cambiar, que nosotros somos perfectos, ¡incluso que somos los elegidos! Ahora bien, en cuanto dejemos ir esas memorias y tomemos responsabilidad por lo que nos corresponde, nos liberamos de todas las memorias viejas que nos mantienen en conflicto con el mundo que nos rodea.

Entonces, ¿Quién encenderá la luz? ¿Quién tomará responsabilidad por lo que hay en él que está provocando eso? Alguien tiene que encender esa luz. Y cuando alguien la enciende, se enciende para todos. La luz no discrimina. ¡Esta es la única forma de crear paz! Porque Paz Interior ES Paz Mundial y está más cerca de lo que crees.

Con, Amor

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